“…Pero en horas de la noche, los soldados Miguel Sánchez y Juan Rodríguez Parra, ansiosos de conocer las riquezas, alumbrados con teas ingresaron. Encontraron a un anciano y silencioso sacerdote que luego sería víctima de las llamas. Adornados con finos ornamentos, estaban colocados sobre barbacoas de finas maderas resinosas los cuerpos momificados de antepasados ilustres.
Mientras recogían parte del tesoro, incendiaron accidentalmente el lugar, las llamas tomaron tal fuerza, que no pudieron remediarlo, huyendo con lo apoderado. Ocurrió el 4 de septiembre de 1537.
Para dejar sus manos libres, colocan en el piso los hachones encendidos. El piso estaba recubierto de un fino. espartillo seco.
Encuentran primero unos cadáveres embalsamados, probablemente de antiguos soberanos, puestos sobre poyos de caña, cubiertas con telas finas y adornados con objetos de oro y piedras preciosas. Los asaltantes proceden inmediatamente a despojarlos de todas sus joyas.
Cuando. comienzan a descolgar los objetos de oro de las paredes del Templo, se dan cuenta de que sus hachones han encendido el espartillo del piso y que el fuego alcanza ya las paredes del templo, que estaban forradas con tejidos de carrizo.
El rápido avance del fuego los impulsa a descolgar a toda prisa los objetos de oro que encuentran a su alcance, dejando el resto, a su pesar, para ser consumido por el fuego…”.
– Fray Pedro Simón



